Recorriendo Rajasthan, un homenaje a mi niña interna.
- Martha Caceres
- Oct 16, 2022
- 9 min read
Este escrito está dedicado al niño interno que todos llevamos dentro. En especial al niño interno de Álvaro y Martha, mis padres, a quienes honro y amo profundamente.
Gracias a India por invitarme a vivir este maravilloso encuentro con mi niña interna.
Y a gracias a Mohit por llevarme a conocer la tierra de sus ancestros.
Es un día típico en India, las mujeres caminan presurosas con sus sarees de colores, un hombre canta a lo lejos desde un templo, los tuk tuks esquivan el tráfico con velocidad, las vacas descansan sentadas en medio del camino y los perros callejeros buscan comida con una mirada triste y asustada. Al ofrecerles comida, su mirada golpea mi corazón. Repito esta escena día a día. Dentro de mi crece una frustración ante la imposibilidad de no poder hacer algo más, llevarlos conmigo, cuidarlos, protegerlos de los peligros, del calor intenso o el hambre. Esa mirada de inocencia y vulnerabilidad, mueve algo dentro de mí. Es una tristeza que golpea como un torrente de agua represado en mi interior. Una tristeza que quiere fluir pero se encuentra con una muralla de rocas muy pesadas.
Personas amables alimentan a los animales de la calle, pero sin experimentar el sufrimiento que yo sentía. Es claro que los animales me estaban reflejando algo más profundo que no podía entender. Un día, después de alimentar a un gatico de la calle, volví a la casa con el corazón pesado. Cerré mis ojos y busqué conectarme con lo más profundo de mi ser, preguntando una y otra vez, ¿Qué es lo que estos seres me están reflejando? ¿Por qué no le puedo dar una explicación a esta tristeza profunda? Con mis ojos cerrados vislumbre unas escaleras, me dirigí a ellas y empecé a descender. Las escaleras me llevaban a la casa donde viví mi niñez. La veía tan clara como si nunca me hubiera ido. Ahí estaba su sala amplia, donde alguna vez jugué con mis primos a los super héroes y el lugar donde tantas veces celebramos cumpleaños, con esa torta de coco y arequipe que a todos nos gustaba.
La mesa del comedor estaba intacta. Grande, redonda y cubierta por una mantel de flores blancas, azules y rojas. Las escaleras de la casa conservaban su color rojizo y me llevaban al segundo piso, donde había una ventanita pequeña en el pasillo, al estilo de Romeo y Julieta. Estaba el baño de baldosín azul donde mi mamá me daba baños de agua caliente y luego sufría para sacarme de la ducha, con mi argumento de que aún no tenía dedos de viejito, arrugados por el agua. Pude observar la habitación de mi hermano, de mis padres y por último la mía. Al abrir la puerta, me vi cuando tenía unos 5 años, estaba sentada en el piso y pasaba las hojas de un libro grande con un castillo en la portada. Me senté al lado de la pequeña y le pregunté que observaba. Es mi libro de cuentos favorito respondió sin mostrar mucho interés en mi presencia. ¿Qué historias hay en tu libro? Le dije, tratando de iniciar una conversación. Hay princesas y príncipes. También hay hadas y animales que hablan con humanos. Respondió un poco más animada en la charla. Y continúo; mi historia favorita es la de un palacio en el medio del desierto, hay príncipes, dijo sonriendo, son valientes guerreros, visten pantalones anchos y zapatos de colores puntiagudos. Y hay camellos que transportan hombres con turbantes. Me gustan los camellos porque sonríen. Dijo, señalando uno de los dibujos.
Detallé la habitación. Había una pequeña cama con un cobertor de elefantes verdes. Los juguetes y osos de felpa estaban organizados en la cama y en las mesas de noche. ¿Dónde están todos en la casa? Pregunté. La pequeña alzo sus hombros con actitud de no estar interesada en contestar. ¿Dónde están papá y mamá? Insistí. Están trabajando ¿y la señora que te cuida? Está cocinando. En la cocina se escuchaba un radio transmitiendo una salsa romántica de los noventa. ¿Qué haces cuando todos están ocupados? seguí preguntando. Miro mis libros, otras veces hago casas con las almohadas y ellos son los protagonistas. ¿Ellos? La mire con curiosidad. ¡Ellos! señaló, alzando su voz como si mi pregunta fuera demasiado obvia. Las barbies, los muñecos de trapo, la muñeca bebé con pelo rubio y biberón, el oso y el perro de felpa. Claro. Que distraída soy. Le respondí. ¿Quieres jugar conmigo? Preguntó la pequeña. Por supuesto, respondí con una sonrisa.
Seguí el guion que la pequeña me daba al pie de la letra, el palacio improvisado con cobijas y almohadas. El oso era el mayordomo. La barbie era la princesa, el muñeco de trapo era el príncipe. Después de jugar, leímos un cuento sobre unos duendes que vivían en los árboles de un bosque encantado. ¿Te aburres cuando estás sola? pregunté. A veces, respondió, pero me distraigo con mis libros y ellos (sus amigos de felpa). ¿Sientes miedo? Si, a la oscuridad. Quisiera dormir con mis padres, pero ellos dicen que ya estoy muy grande para eso. ¿Qué haces entonces? Cuando se apagan las luces, me cubro con mi cobertor que me hace invisible y así nada me puede pasar. Cierro los ojos muy fuerte hasta que me quedo dormida.
¿Leemos otro cuento? me preguntó entusiasmada, lo siento es momento de irme, respondí. Estoy muy feliz de volvernos a ver, pero debo volver a mis tareas de adulta. Llévame contigo, dijo la pequeña con tristeza. Espérame acá, yo regreso pronto, contesté. La abracé y me dirigí a la puerta. Sentí su decepción. La mire fijamente y ¡ahí estaban los ojos! Los ojos que movían mi corazón. Los ojos vulnerables y tristes. Ahí estaban, mirándome. En ese momento los ojos de la pequeña tomaron la forma del gatico que alimenté pero no pude llevar conmigo, los ojos de los perritos callejeros de la India, ahí estaban los ojos de la inocencia. Los ojos que no quieren ser abandonados. Los ojos de esos seres me estaban reflejando mis propios ojos. Los ojos de la niña de 5 años que no quiere estar sola, que quiere ser protegida por otros, que quiere ser abrazada y escuchada. Un dolor inmenso se apodero de mí, lagrimas brotaron en grandes cantidades. La muralla había caído y el agua represada estaba fluyendo al fin. Lloré como no la había hecho antes. No distraje mis lágrimas, no las quise controlar. No quería construir otra muralla. Solo dejé que corrieran como corre el agua en un rio.
Ella me necesita, siempre me ha necesitado. Mi deseo de cuidar a otros y al mismo tiempo ser cuidada. Mi deseo de ser reconocida y cumplir expectativas, mi deseo de ser escuchada. Mi esfuerzos para encajar y no sentirme sola, por fin lo entendí todo. Era mi niña, hablando, tratando de salir del olvido. Mis miedos eran sus miedos. Cuantas veces en la vida quise hacerme invisible como ella lo hacía, para que nada me pasara. Quise callar mi voz para no decepcionar a otros. Quise pasar desapercibida. Ella siempre había tenido todas las respuestas, estaba tan cerca de mí y a la vez tan lejos, como un recuerdo olvidado.
Me devolví con rapidez y la abracé con fuerza. Le dije, nunca más vas a estar sola. Voy a estar para ti siempre. Voy a leer todos los cuentos que quieras, vamos a jugar a las hadas y a las princesas. Te prometo que respetare tu espontaneidad, tus gustos y abrazaré tus miedos. Llevaremos una vida con juegos, bailes y diversión. Vamos a hacer lo que nos gusta. Voy a darte todo el amor que hay en mi corazón. Vamos a inventar muchos más cuentos para la barbie y todos sus amigos. La pequeña dibujó la sonrisa más hermosa que he visto, sus ojos se iluminaron, se levantó del piso y empezó a saltar sobre su cama, riéndose. Vamos a caminar de la mano por los lugares más bellos y más extraordinarios del mundo, donde los reyes tenían palacios de colores y las princesas decoraban su piel con las más bellas piedras.
Abracé a mi niña y la cobije con mi amor. La vestí con los colores más hermosos y la lleve de la mano por Rajasthan, uno de los lugares más mágicos de la India. Llegamos hasta el Fuerte de Amber en Jaipur, hogar de los antiguos reyes o Maharajas. Ahí estábamos frente a ese lugar de ensueño ubicado sobre una colina rocosa, con una amplia vista al lago Maota. Caminos empedrados y grandes puertas permitían la entrada de los elefantes. Sentado en una esquina un encantador de serpientes tocaba el pungi, mientras una serpiente salía de un canasto moviéndose con armonía. La pequeña abría sus ojos con asombro. El fuerte tenía escaleras, túneles, patios, balcones, arcos y hermosos jardines. Recorrimos su interior, las paredes y techos nos llevaban a otra era. Estaban tallados y decorados con diversos colores, figuras e incrustaciones de piedras donde se ven hermosas mujeres vestidas con vibrantes sarees, así como flores, animales y recuerdos de batallas pasadas. El Sheesh Mahal, un salón cubierto totalmente por espejos y cristales fue nuestro lugar favorito, irradiaba belleza. Dice la historia que la reina del Maharaja deseaba dormir al aire libre para contemplar las estrellas, pero esto no era permitido, entonces el rey construyó este salón donde al encender velas, los espejos del techo hacían la ilusión de un cielo estrellado.
En las afueras del fuerte una familia de micos jugaba y saltaba en las paredes y árboles. Uno de ellos esperaba nuestro descuido para robarnos una bolsa de nueces. La pequeña reía al ver sus travesuras. Pavos reales cantaban a lo lejos. Hombres grandes con elegantes bigotes y coloridos turbantes, caminaban a nuestro lado. La niña sonreía incrédula al ver ante sus ojos los personajes de su libro favorito saltando a la realidad.
Costaba creer que estuviéramos tan lejos de Colombia recorriendo el desierto Thar. Desierto que alguna vez fue una ruta de comercio donde mercaderes se movían en caravanas de camellos atravesando largos caminos desde Asia, Egipto y África. La pequeña no perdía ni un minuto observando cada detalle de lo que siempre pensó solo vería en libros. ¿Es un espejismo del desierto? Me preguntó, señalando a lo lejos una ciudad de piedra caliza amarilla, que al contacto con el sol, parecía hecha de oro. Era Jaisalmer, la ciudad dorada, si bien no era un espejismo, caminar por sus calles era entrar a otro mundo. Su arquitectura es una mezcla de los estilos árabe y rajput. Las paredes de las casas, templos y palacios están finamente talladas por los artesanos del lugar. Cada centímetro de pared es una obra de arte que esconde tras de sí siglos de tradición. Las casas o havelis de la ciudad también son de la misma piedra amarilla y tardaron diez, veinte o cincuenta años en construirse. Sus decoraciones talladas, balcones y puertas gigantes de madera eran un regalo para nuestros ojos. Y en la cumbre de esta ciudad esplendorosa, se encontraba el fuerte de Jasailmer, que guarda dentro de si como un tesoro, palacios maravillosos, calles que te llevan al pasado y templos jainistas. Esa noche mientras comíamos al aire libre, podíamos ver el fuerte cuidando su ciudad, la luna alumbraba el desierto, mientras unos músicos entonaban la música folclórica de Rajhastan, acompañados por el sonido del santur. Estoy segura sus cantos no salían de sus pulmones sino de su corazón. ¿Sabes? La realidad me gusta más que las historias de mis libros, me dijo la pequeña, sumida en el encanto de la música. Esa noche un pedazo de mi corazón se quedó para siempre en la ciudad dorada.
Un bus nos llevó hasta Udaipur la ciudad donde los palacios flotan majestuosos en lagos que están rodeados de árboles, donde vuelan libres pájaros y cuervos. Palacios blancos donde resaltan las pinturas y cristales de color verde y turquesa. Plantas cuelgan por los balcones y las ventanas tienen forma de arcos donde se ve el agua y las montañas como si fuera una maravillosa pintura. Los lagos le dan un toque de profundidad al lugar. Las personas bajan por las escalinatas a bañarse o a lavar su ropa. Subimos a un bote para recorrer el lago Pichola, la pequeña se divertía al sentir el aire en su piel. Luego llegó el atardecer y vimos como el sol tocaba el agua, pintándola con su color naranja y rojo. Udaipur es una combinación maravillosa de aire, sol, tierra y agua, todos danzando al son de la citara y la flauta, en un equilibrio eterno que le permite a la ciudad sostenerse en el agua.
¡Hoy jugaremos a ser princesas, visitaremos el Palacio Umaid Bhawan de Jhodpur! le dije a la pequeña. Ella aplaudió emocionada. Así que nos vestimos con una lehenga y choli aguamarina, bordada en colores plata. Nos cubrimos con una duppata que caía con suavidad sobre los hombros. El Palacio Bhawan es sin duda unos de los lugares más fascinantes que he conocido en mi vida. Perteneció al Maharaja Umaid Singh y su familia todavía lo conserva. Tiene una cúpula gigantesca que se ve desde grandes distancias en Jodhpur. Dentro del lugar, se observa una fusión vibrante de la arquitectura oriental y occidental. Pinturas y frescos decoran su interior. Tiene grandes salones y una biblioteca con lámparas y sillones dorados, influenciados por el estilo renacentista. Y su jardín es inmenso, con árboles, fuentes de agua, y arbustos de bugambilias, mi flor favorita. Esa noche, cientos de velas decoraban los escalones y le daban un toque de fantasía a ese momento. Camine por el jardín sintiendo que mi pequeña iba a mi lado, que mi sonrisa, era su sonrisa. Me sentía agradecida porque su imaginación de niña me había llevado a recorrer lugares maravillosos. De ahora en adelante seguiríamos caminando juntas porque resulta, que somos un buen equipo.
Busqué a mi príncipe Rajhastani, quien se encontraba hablando sonriente con su familia, le di mi mano y agradecí el regalo de tenerlo en mi vida. Tomamos un taxi que inició nuestro regreso a la vida normal. Los palacios serian ahora la inspiración de mis historias. Abracé a la pequeña con amor y le dije que siempre iba a estar para ella. La niña, me abrazó con fuerza, apagó la luz y se quedó dormida sonriendo, pensando en los Maharajas y sus reinas, en los camellos, los hombres con turbante y la ciudad de oro que tal vez si es un espejismo del desierto. No se cubrió esta vez con su cobertor de elefantes verdes. Ya no sentía miedo, porque en la oscuridad, los espejos se convierten en cielos estrellados.
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